Volando voy, volando vengo

Uno se pone a ver la película de Martin Scorsese de El aviador (interpretada por DiCaprio de manera notable), y si no rasca más allá de la superficie, puede quedarse con la figura de un neurótico millonario derrochador de dinero y vividor, que también (lo cortés no quita lo valiente). Pero lo dicho, se puede leer un mensaje más allá.

El aviador relata la vida de Howard Hughes, un importante productor y magnate de la época dorada de Hollywood, en un marco en el que los estudios de cine se encuentran en su máximo apogeo (aquí hay una breve reseña sobre su figura, donde además hay un pequeño extracto de una entrevista a una de sus conquistas amorosas, Katherine Hepburn). Hughes tenía tiempo tanto como para gastar su ingente fortuna, como para pilotar aviones y plantearse cuestiones de diseño, y ésto si es lo que nos interesa de verdad. Atendiendo al momento histórico, estamos en los albores del nacimiento del diseño industrial moderno, algo que se hace patente en la preocupación de Hughes durante la película en conseguir que las corazas de sus aviones no cuenten con remaches. ¿Hola? Si, el streamline está echándonos el aliento en el cogote.

Y si hablamos de streamline, esa corriente que hacía que las amas de casa compraran tostadoras y frigoríficos cromados y con acabados de cohete espacial, haciéndolas sentir casi astronautas del hogar, tenemos que hablar de Raymond Loewy. Aunque Raymond (de tí para mí) ha tenido un papel destacado en el branding moderno (suyo es el rediseño de marcas como Lucky Strike o Shell entre otras, aquí se habla de ello con más extensión), lo que nos toca ahora es hablar de su papel como diseñador industrial. En palabras suyas, «lo feo no vende», y esta máxima se ve reflejada en muchos de los diseños que siguen esta estética aerodinámica, que pasó de los vehículos y medios de transporte (como las locomotoras de la compañía de Pennsylvania o los autobuses de la firma Greyhound) hasta los electrodomésticos, como los frigoríficos de la marca Frigidaire (mira como se anunciaban allá por 1950), y en los que esa cubierta cubría, valga la redundancia, la fealdad de circuitos, motores y cables. Hasta hizo más estilizada la botella de Coca-Cola, ahí es nada.

En definitiva, el mensaje oculto en El aviador para nosotros, como diseñadores, está en esa preocupación de Hughes por conseguir la forma perfecta, la mejor línea de diseño para sus aviones. Si, al parecer sufría T.O.C y dilapidó su fortuna hasta fallecer en uno de los hoteles en los que vivió encerrado hasta el ocaso de sus días. Pero hay que recordarlo como un buscador incansable de la belleza formal (y funcional).

Y hasta aquí puedo escribir.

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